VENEZUELA, ENTRE LA TRAGEDIA Y EL OPORTUNISMO
Por: Alberto Abrego
"¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!" — Simón Bolívar
Frase histórica pronunciada tras el devastador terremoto de Caracas de 1812, que se convirtió en un símbolo de la resiliencia venezolana.
La tarde del miércoles 24 quedará grabada para siempre en la memoria colectiva de Venezuela. Dos brutales terremotos encadenados de magnitud 7.2 y 7.5, registrados con menos de un minuto de diferencia, sacudieron el norte de ese país, provocando una cifra de víctimas que ya supera las 1500 vidas perdidas. Cifra que seguramente crecerá en los próximos días.
La ONU estima que hay más de 50 000 personas desaparecidas. Calculó además que los daños materiales rondarán los 7 000 millones de dólares. La zona más afectada es el puerto de La Guaira, donde se ha intensificado la búsqueda de sobrevivientes entre edificios convertidos en escombros.
La ayuda humanitaria empezó a llegar inmediatamente de diversos países. Más de 15 países y agencias de la ONU han enviado equipos de rescate y suministros. Estados Unidos, México, España, Brasil, Chile, Colombia, La india, República Dominicana y otros países de la región se han movilizado para enviar toda la ayuda posible.
Se calcula que más de cien edificios colapsaron total o parcialmente. En la zona del desastre se trabaja día y noche ante la desesperación de quienes esperan noticias de sus familiares desaparecidos. Y ante la tragedia, se descubre una realidad innegable y siempre cruel y devastadora: la falta de recursos en los hospitales obliga a los médicos a improvisar entre carencias y olvido institucional.
Y como siempre ocurre en estos casos, las primeras horas del rescate de personas atrapadas entre los escombros dependieron casi por completo de los civiles que organizada o desorganizadamente iniciaron las labores de salvamento. Se suman voces que reclaman que para la dictadura no parece ser prioridad el rescate y la urgencia de las labores de salvamento, pues su respuesta ha sido lenta y deficiente.
Y aquí es donde se descubre la podredumbre: muchos de los edificios residenciales y turísticos que colapsaron no cumplían con las normativas oficiales de construcción. Los “descuidos” y las omisiones en la fiscalización y supervisión de las construcciones y el uso de materiales deficientes pasaron factura en menos de un minuto. ¿Las consecuencias?, unos cuantos miles de víctimas.
No es casualidad que Venezuela ocupa el puesto 180 de 182 países en el índice de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional, lo que indica un altísimo nivel de corrupción en el sector público. Tampoco es coincidencia que la mayoría de los edificios colapsados correspondan a vivienda pública, que no cumplían con los estándares internacionales, sobre todo porque eran inmuebles viejos.
Y como nada es gratis en esta vida, y como en el ámbito internacional siempre ha imperado la Ley del más fuerte, seguramente los Estados Unidos y algunos otros países ya preparan los “proyectos de reconstrucción”, obviamente con empresas norteamericanas que ya tendrán la proyección de costos y financiamiento. Algunos venezolanos que se encuentran sepultados ya no podrán verlo, algunos otros que están siendo rescatados con vida, podrán vivir con el peso de más deuda sobre sus espaldas.
Está documentado que las crisis humanitarias son la oportunidad perfecta para que las potencias, sobre todo la de América del Norte, establezcan sus acuerdos comerciales y reafirmen su dominio político bajo el manto de la benevolencia.
Hoy los venezolanos están volcados en rescatar a sus familiares atrapados, vivos o muertos. Están concentrados en su dolor y su esperanza. Mientras, otros se frotan las manos a la vez que controlan contratos, se apoderan de los recursos y dictan loas decisiones para el país. Cuando el polvo de los escombros se haya asentado, habrá vida nueva.
Habrá luto, pero no culpables. Habrá reconocimiento a los héroes nacionales e internacionales que ayudaron desinteresadamente, pero no castigo a quienes se enriquecieron con edificios mal hechos. Habrá esperanza, pero no justicia.
El sufrimiento de la gente se ha convertido en una mercancía, en un negocio para los mercenarios del dolor. En situaciones así nunca hay transparencia con los fondos destinados a la ayuda humanitaria. El oportunismo cruel y despiadado de los dueños del mundo y de las vidas nos hace pensar sobre la triste condición humana.
Desde aquí, mis condolencias al pueblo venezolano, ese que hoy sufre y se solidariza con los suyos.
Esta película ya la vi. ¿Alguien más la recuerda?
Por: Alberto Abrego
"¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!" — Simón Bolívar
Frase histórica pronunciada tras el devastador terremoto de Caracas de 1812, que se convirtió en un símbolo de la resiliencia venezolana.
La tarde del miércoles 24 quedará grabada para siempre en la memoria colectiva de Venezuela. Dos brutales terremotos encadenados de magnitud 7.2 y 7.5, registrados con menos de un minuto de diferencia, sacudieron el norte de ese país, provocando una cifra de víctimas que ya supera las 1500 vidas perdidas. Cifra que seguramente crecerá en los próximos días.
La ONU estima que hay más de 50 000 personas desaparecidas. Calculó además que los daños materiales rondarán los 7 000 millones de dólares. La zona más afectada es el puerto de La Guaira, donde se ha intensificado la búsqueda de sobrevivientes entre edificios convertidos en escombros.
La ayuda humanitaria empezó a llegar inmediatamente de diversos países. Más de 15 países y agencias de la ONU han enviado equipos de rescate y suministros. Estados Unidos, México, España, Brasil, Chile, Colombia, La india, República Dominicana y otros países de la región se han movilizado para enviar toda la ayuda posible.
Se calcula que más de cien edificios colapsaron total o parcialmente. En la zona del desastre se trabaja día y noche ante la desesperación de quienes esperan noticias de sus familiares desaparecidos. Y ante la tragedia, se descubre una realidad innegable y siempre cruel y devastadora: la falta de recursos en los hospitales obliga a los médicos a improvisar entre carencias y olvido institucional.
Y como siempre ocurre en estos casos, las primeras horas del rescate de personas atrapadas entre los escombros dependieron casi por completo de los civiles que organizada o desorganizadamente iniciaron las labores de salvamento. Se suman voces que reclaman que para la dictadura no parece ser prioridad el rescate y la urgencia de las labores de salvamento, pues su respuesta ha sido lenta y deficiente.
Y aquí es donde se descubre la podredumbre: muchos de los edificios residenciales y turísticos que colapsaron no cumplían con las normativas oficiales de construcción. Los “descuidos” y las omisiones en la fiscalización y supervisión de las construcciones y el uso de materiales deficientes pasaron factura en menos de un minuto. ¿Las consecuencias?, unos cuantos miles de víctimas.
No es casualidad que Venezuela ocupa el puesto 180 de 182 países en el índice de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional, lo que indica un altísimo nivel de corrupción en el sector público. Tampoco es coincidencia que la mayoría de los edificios colapsados correspondan a vivienda pública, que no cumplían con los estándares internacionales, sobre todo porque eran inmuebles viejos.
Y como nada es gratis en esta vida, y como en el ámbito internacional siempre ha imperado la Ley del más fuerte, seguramente los Estados Unidos y algunos otros países ya preparan los “proyectos de reconstrucción”, obviamente con empresas norteamericanas que ya tendrán la proyección de costos y financiamiento. Algunos venezolanos que se encuentran sepultados ya no podrán verlo, algunos otros que están siendo rescatados con vida, podrán vivir con el peso de más deuda sobre sus espaldas.
Está documentado que las crisis humanitarias son la oportunidad perfecta para que las potencias, sobre todo la de América del Norte, establezcan sus acuerdos comerciales y reafirmen su dominio político bajo el manto de la benevolencia.
Hoy los venezolanos están volcados en rescatar a sus familiares atrapados, vivos o muertos. Están concentrados en su dolor y su esperanza. Mientras, otros se frotan las manos a la vez que controlan contratos, se apoderan de los recursos y dictan loas decisiones para el país. Cuando el polvo de los escombros se haya asentado, habrá vida nueva.
Habrá luto, pero no culpables. Habrá reconocimiento a los héroes nacionales e internacionales que ayudaron desinteresadamente, pero no castigo a quienes se enriquecieron con edificios mal hechos. Habrá esperanza, pero no justicia.
El sufrimiento de la gente se ha convertido en una mercancía, en un negocio para los mercenarios del dolor. En situaciones así nunca hay transparencia con los fondos destinados a la ayuda humanitaria. El oportunismo cruel y despiadado de los dueños del mundo y de las vidas nos hace pensar sobre la triste condición humana.
Desde aquí, mis condolencias al pueblo venezolano, ese que hoy sufre y se solidariza con los suyos.
Esta película ya la vi. ¿Alguien más la recuerda?

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